LA OTREDAD
Recientemente me quedé pensando acerca del amor en nuestros tiempos, escuchando una entrevista de Eio Moldavsky con Darío Sztajnszrajber. Me gusta pensar que creer en el amor se ha convertido, de alguna manera, en un mal de época. Digo esto porque escucho tantos discursos acerca de cómo deberíamos amar que, pareciera, a lo largo del tiempo todo fue adquiriendo más limitaciones, más restricciones, más advertencias, más inyecciones de miedo. Y el amor, quizás más que nunca. Me encuentro con amigos, conocidos, compañeros, familiares, todos vendiéndome una misma idea del amor. Como si fuera un producto de almacén que está en oferta: no es demasiado caro, no está tan mal, pero tampoco conviene esperar demasiado de él. Me quieren vender la idea de un amor escaso, con fecha de vencimiento. Una conexión que debe ser perfecta, inmediata y liviana. Un vínculo incapaz de soportar el mínimo defecto, la mínima incomodidad, la mínima diferencia. Y entonces pienso en la otredad. ¿Qué nos pasa con ese otro que tampoco soportamos?
¿Qué pasa (como plantea Darío) cuando el otro no es lo que yo quiero que sea?Quizás una de las cosas más difíciles de amar sea justamente aceptar que el otro es otro. Que no existe para completar exactamente la forma que nosotros imaginamos. Que tiene tiempos distintos, deseos distintos, maneras distintas de mirar, de hablar, de callar, de querer. Y siento que esta intolerancia hacia los vínculos va de la mano con otra intolerancia mucho más cotidiana: la incapacidad de esperar. Vivimos acelerados. Queremos respuestas inmediatas, mensajes inmediatos, resultados inmediatos. Ya ni siquiera queremos escuchar un audio en tiempo real. ¿Se acuerdan cuando no existía la función de adelantar? La vida tenía más pausa. Hoy podemos acelerar una voz, saltear una canción, adelantar una escena, abandonar un video, dejar un mensaje sin responder. Todo parece estar diseñado para que podamos consumir únicamente aquello que nos resulta cómodo.
Y quizás llevamos esa lógica también a nuestros vínculos.
Si el otro tarda demasiado, nos vamos. Si no responde como queremos, nos enojamos. Si dice algo que nos incomoda, lo interpretamos como una señal de alarma. Si aparece un conflicto, pensamos que quizás simplemente no era por ahí. Y, por supuesto, podemos irnos. Nadie debería permanecer en un vínculo que le hace daño. No estoy hablando de soportar cualquier cosa en nombre del amor. Estoy hablando de algo bastante más incómodo:
¿Qué lugar le dejamos a aquello del otro que no coincide con nosotros? Porque parece que queremos relacionarnos sin encontrarnos realmente con nadie. Queremos al otro, pero siempre y cuando conserve cierta distancia de su propia otredad. Queremos que nos quiera, pero de la manera en que nosotros entendemos el amor. Queremos que nos escuche, pero no necesariamente queremos escuchar aquello que puede decirnos. Y ahí aparece algo que me resulta particularmente contradictorio: hacemos reproches, insultamos bajito porque no queremos insultar en alto, nos enojamos, nos alejamos, cortamos conversaciones. No vaya a ser que el otro, en su otredad, nos diga algo que no queremos escuchar. A veces pienso que estamos construyendo una vida cada vez más cómoda para nosotros mismos, pero también cada vez menos tolerante con aquello que nos incomoda. Y me adelanto hacia el futuro, veo nuestro final pienso en Wall-E. En esos humanos completamente dependientes de una máquina, trasladados de un lado a otro, consumiendo sin detenerse, incapaces de hacer prácticamente nada por sí mismos
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